Beat Africano
El aire de la madrugada solía oler a humedad y a pan caliente, pero esa mañana, para Santiago, olía a una certeza deslumbrante.
Llevaba meses intentando descifrar el comportamiento de Graziano. Lo veía caminar entre el bullicio de la plaza, con la mirada pacífica y las manos vacías, imperturbable ante los insultos de unos y los elogios de otros. Graziano parecía habitar un estado de gracia ininterrumpido, una claridad de cristal que nada lograba empañar.
Y entonces ocurrió. Fue un chispazo fugaz, una fisura en el pensamiento. Santiago comprendió: el estado de Graziano no era una meta alcanzable tras una disciplina férrea, sino su condición natural, permanente, inamovible. En un segundo perfecto, Santiago experimentó exactamente lo mismo. Sintió la disolución de toda duda, la armonía absoluta del cosmos resonando en su pecho. La iluminación no era una cima a la que escalar, sino el suelo que siempre estuvo ahí.
El corazón le latía con violencia. Tengo que explicárselo a todos, pensó. Tengo que armar un movimiento, escribir un manifiesto, llevar esta luz a las masas para salvarlas de su ceguera.
Salió a la calle corriendo, buscando a quién revelárselo. Vio al viejo zapatero del barrio y lo agarró por los hombros:
—¡Escúchame! ¡El estado de gracia es permanente! Si tan solo dejas de luchar y sigues esta doctrina...
El zapatero lo miró con desconcierto y dio un paso atrás, apartando sus manos. Santiago se detuvo en seco. Al ver el temor en los ojos del hombre, una fría ráfaga de lucidez lo atravesó.
Esa sola palabra, doctrina, resopló en su mente como una alarma. Vio con horror la arquitectura de su impulso: en el preciso instante en que intentó teorizar su revelación, empaquetarla en dogma y bajarla violentamente hacia la multitud, el misterio sagrado se había evaporado. Su deseo de "militar" la luz lo estaba convirtiendo, sin darse cuenta, en el primer apóstol de un nuevo fascismo; en un dictador de la conciencia que imponía "la Verdad" a los demás.
En cuanto intentó atrapar la iluminación para convertirla en sistema, la iluminación dejó de existir.
Santiago se quedó inmóvil en medio de la acera. Cerró los ojos y dejó ir la urgencia de convencer, la obsesión de adoctrinar, la necesidad de bautizar la experiencia con un nombre que terminara en -ismo.
Y al soltar la intención de poseerla, la luz regresó, sutil y silenciosa.
Aprehendió entonces el secreto, no con la fuerza de un puño cerrado, sino con la palmeta de una mano abierta: la única forma de habitar la verdad sin volverla autoritaria es no pertenecer a nada. Ni al grazianismo, ni al salvacionismo, ni a ninguna bandera que exija prosélitos.
Volvió a mirar al zapatero, le sonrió con suavidad sin decir una sola palabra más, le compró un par de cordones que no necesitaba y siguió su camino, caminando ligero, completamente libre de cualquier dogmatismo.











No hay comentarios:
Publicar un comentario