Thalos y las torres de cristal / El Guerrero Atlante y el Ciclo Cuántico
por Lautaro Dores
Las torres de cristal de Poseidonis no brillaban con luz solar, sino con el zumbido de la resonancia magnética. En esta era, la duodécima de las civilizaciones cíclicas, la tecnología no se construía; se cultivaba a través de frecuencias y voluntad.
Thalos, general de las legiones de coral, observaba con horror el "Sifón del Vacío", la nueva joya tecnológica del Imperio. Sabía que extraer energía directamente del tejido de la realidad colapsaría el continente. Por eso lideraba la insurgencia, una rebelión de acero contra luz sólida. Su corazón, sin embargo, pertenecía a Elora, la princesa cuya sangre era tan pura como el silicio líquido que corría por las venas de los dioses.
La Traición del Chamán Tecnológico
En el clímax de la revolución, frente al trono de antimateria, el Emperador no usó armas. De las sombras emergió Xul-Kan, el gurú cuántico. Con un gesto, Xul-Kan activó un Virus de Realidad.
"No morirás, Thalos," siseó el chamán mientras los píxeles de la existencia comenzaban a desmoronarse alrededor del guerrero. "Vagarás por las costuras del multiverso, un parásito entre dimensiones, hasta que tu propia esencia sea el motor de tu condena."
El hechizo era una paradoja ciberpunk: una maldición grabada en el ADN de Thalos que lo expulsó de la cronología atlántica, lanzándolo a un vacío de neón y turbulencia.
El Ritual de la Carne y el Portal
Thalos despertó en un mundo de lluvia ácida y rascacielos infinitos. Su cuerpo dolía con un hambre que no era de pan, sino de frecuencia vital. Para saltar al siguiente nodo temporal y acercarse a su hogar, la maldición dictaba un precio atroz.
La Seducción: Debía encontrar a una doncella, una portadora de la chispa original.
La Alquimia Glandular: En el clímax del enamoramiento, el sistema endocrino de la mujer segregaba una hormona específica, una "llave química" que reaccionaba con el virus cuántico de Thalos.
La Mutación: Al contacto con esa hormona, el guerrero atlante perdía su humanidad. Sus rasgos se tornaban bestiales, una quimera de sombras y garras de obsidiana. Un vampiro de realidades.
En el momento de la unión más íntima, cuando el corazón de la víctima latía con la máxima intensidad del amor, Thalos se transformaba. Con una violencia quirúrgica y salvaje, devoraba el corazón palpitante de su amante en plena cópula.
El Ciclo Infinito
Al consumir el órgano, la energía liberada desgarraba el tejido del espacio-tiempo. Un portal de luz negra se abría sobre el lecho de muerte, succionando a Thalos hacia el siguiente mundo.
Ha pasado por milenios de estepa, ciudades de vapor y desiertos de silicio. En cada salto, el rostro de la princesa Elora se desibuja un poco más, reemplazado por el sabor a sangre y el eco de los gritos de quienes lo amaron. Thalos sigue viajando, un monstruo impulsado por el deseo de volver a una casa que, quizás, ya solo existe en sus pesadillas.
El portal se abre de nuevo. Próxima parada: un mundo que aún no conoce el miedo
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